Al son de mi casi paisana Gloria Estefan es que redacto estas líneas. No sé a quién, ya que después de tanto tiempo, segura estoy de que ni Cholula (si pudiera) las leería.
Y es que, al leer mi última entrada, de hace casi cinco años, y ver tantas cosas que han pasado hasta hoy, escribir, tal vez, me ayude a acomodar tantísimos pensamientos en mi ensordexedora cabeza (sí, con “x”).
Tengo que confesar que muchas veces le expresé a mi terapeuta en turno (jajajaja) lo mucho que me impresionaba que mi vida se mantuviera siempre más o menos igual… mismo trabajo, misma ciudad, mismas amistades, mismos traumas, mismo pésimo ojo para escoger posibles candidatos amorosos… en fin, una estabilidad absoluta que, si bien me daba paz, también me hacía cuestionar por qué la gente más cercana a mí vivía transiciones tan gigantes en sus vidas, y yo seguía estancada en el mismo, francamente cómodo, sillón emocional en el que llevaba la vida entera viviendo.
Y fue hace un par de años que la cosa se empezó a menear, pero el año pasado y este… se llevan las palmas. Como si cumplir 40 años no fuera suficiente pedicure en la vida de una mujer (en septiembre, todavía no, o sea que ni empiecen), la vida, yo creo, dijo: vamos a darle su paquete de regalos atrasados a esta chica que no deja de joder con lo mismo… y ahí te va todo, mamacita #denada.
Gracias a la intervención de mi amada ex vecina, conocí a quien hoy ronca a mi lado. No, no es un cholulo (haciendo alusión a mi último post, jajajaja), pero vaya que entró con la misma fuerza en mi corazón. Se trata de mi ahora esposo, Guillotino. A la semana de salir con él supe, así como en capítulo de La Rosa de Guadalupe, que este caraqueño precioso iba a ser el papá de mis hijos (abajo la prueba, jajajaja). Y lo supe así porque, por primera vez en mi existencia, estaba con alguien con quien compaginaba en todos los puntos importantes de la vida, con quien moría de risa, la pasaba bom-ba, me entendía, me cuidaba y quien me llenaba de detalles increíbles, demostrándome siempre una certidumbre y convicción tal de querer estar conmigo que, verdaderamente, “he swept me off my feet”.
Para octubre ya habíamos comprado la casa, literalmente, de mis sueños (y de los suyos aparentemente también, porque al igual que yo, siempre le prometió a Maia, su perrhija, que algún día le daría un jardín, jajajajaja; Cholula fue demasiado feliz con la adición de su hermanastra al equipo). En diciembre nos comprometimos, y en febrero fue la boda civil; la religiosa será en unos meses… y ajá… ahora es que viene el plot twist, jajajajaja.
Hace un par de años exploré seriamente la posibilidad de ser mamá soltera (con un donador, pues), y lo exploré tan a fondo que me di cuenta de que, si bien mi vida entera me había imaginado siendo mamá, el camino a la maternidad honestamente, en ese punto de mi vida, ya no era mi prioridad. Ya habían pasado varios años desde que había empezado ese duelo, y hace dos años fue que, en serio, con toda la paz y gratitud del mundo, dije: estoy bien así; libro cerrado. Seré una muy feliz tía y mamá perruna; no fue fácil ni mucho menos rápido pero increíblemente, lo cerré.
Mi cabeza olvidó por completo (cosa extraña) el tema… hasta que apareció este amable personaje en mi vida y me hizo volver a cuestionarme el tema. Con él, todo sí; “al shile” (o algo así pensé), dije: si es con este compa, 200% sí. Una vez que nos casemos descongelaremos los óvulos que tengo ahí listos y más na’. Además, a esta edad ya es muy complicado y no recomendable embarazarse porque #embarazogeriátrico (jajajajaja ¡qué poca madre! Btw)… y pues bueno, amad@ lectore, resulta que no se complicó tanto el pex, y pues en la sorpresa más grande de mi vida… vamos a ser papás.
Mi nivel de shock es similar al de una fértil e imberbe colegiala (22+ años después). Tengo que confesar que mi cabeza ha tenido un temita tratando de acomodar tantos cambios, ya que si bien han sido puras cosas INCREÍBLES y con las que ni en mis sueños más guajiros hubiera podido imaginar, no entiendo qué shingados está pasando.
El embarazo digamos que no ha sido tan inclemente con mi, de por sí, ya abrumado ser; pero… ¿QUÉ PEDO con las hormonas? Estaba yo tan consciente del postparto que JAMÁS imaginé este torbellino de emociones a tan temprana altura gestacional. Literalmente rezo para no quedarme así… porque si no, #pobreGuillotino, jajajaja y ¡¡pobre de mi mamá!!
Se han aparecido monstruos shingones que estaban ya muy apaciguados y, según yo, domesticados —“cochita bebé”— y sin duda han sido casi 3 meses retadores para mi complicada cabeza. Digo, según la ONU, de un 85 a 90% de las mujeres en el mundo tienen hijos, o sea que imagino estaré bien, jajajajaja… pero en lo que sí… #quépinshisusto.
Estoy lista para hacer todo de lo que me he burlado en estos posts: gender reveal con humos varios (no, no es cierto, jajajaja), pero sí caeré en muchas más ridiculeces de las que me gustaría admitir y colgaré cuadros de “I’m a mom, what’s your superpower” en el baño (no, tampoco es cierto, jajajaja —aunque bueno, después de expulsar una sandía 🍉 de mi bello cuerpo, chance sí me uno al movimiento, jajajajaja).
En fin… quizás esta era la inspiración que necesitaba para retomar este espacio, o quizás vuelva a escribir en 5 años contándoles las vivencias de la bendición residiendo en un cohete en la luna… #sabráDios. Pero de lo que sí estoy convencida es que toda esta serie de eventos tan increíblemente afortunados sólo pueden ser obra de alguien allá arriba, a quien finalmente le colmé la paciencia, jajajaja… o sea que: GRACIAS, Estrellita del Oriente; ¡te luciste!
Madres… ahora también empezaré a acompañar mis posts de #thankfull (con doble “L”, por aquello de la ortografía) y #blessed, jajajajaja (prometo que eso sí, no).
Les amo mil. Nunca cambien.
Pelito Gestante






















